ESTEREOTIPOS «DE NOVELA»: ser o hacerse la víctima

SER VÍCTIMA O HACERSE LA VÍCTIMA EN «REBECA» Y EVA AL DESNUDO»

Con el fascinante pero complicado análisis del rol de víctima, entendiendo por rol «la función que una persona desempeña en un lugar o situación», inicio hoy el análisis de ciertos estereotipos muy interesantes que nos ayudarán a bucear por el alma humana, con ánimo de poder conocer y desgranar la esencia de los personajes de una novela.

Aunque ya dijo Heráclito que «Nunca puede conocerse el alma humana, debido a su profundidad», no me canso de decir que escribir es un ejercicio que ayuda a zambullirnos por esa realidad extensa y desconocida, con independencia de que «cada maestrillo tenga su librillo» y haya escritores que primero hayan vivido intensamente y ya hayan hecho ese buceo antes de escribir, y otros que al tiempo de dibujar letras se vayan sumergiendo, más o menos conscientemente, en las entrañas del ser.

Sea como sea, siempre debemos hacer un fascinante viaje por el alma humana si nos proponemos escribir una novela porque resulta esencial desarrollar de la manera más completa posible sus personajes…

Ser víctima

El ejercicio de analizar el rol de víctima se topa con un grave problema desde el principio, ya que la palabra «víctima» puede utilizarse en sentidos muy dispares. ¡Atención!, porque navegaremos sobre unas realidades muy sensibles que puede destapar ampollas con facilidad… Por tanto y siquiera por descarte, debo empezar aclarando que estas líneas no se refieren a, por ejemplo, las víctimas de la violencia de género, las víctimas de malos tratos, las víctimas de terrorismo o las víctimas de guerra. Tampoco a las difíciles y muchas veces variopintas pero terribles situaciones más o menos puntuales y a las personas que pudieran estar viviéndolas, precisamente ahora. Desde aquí, además de rechazar públicamente cualquier tipo de violencia, animo a todas estas víctimas, deseándoles toda la fuerza del mundo para superar la situación, transcenderla, aprender de ella, ser Ave Fénix y terminar volviéndose resilientes.

Precisamente «las víctimas» que no son objeto de estas líneas, son las definidas por la RAE como «personas o animales que sufren un daño o un perjuicio a causa de determinada acción o suceso». Además, también la RAE admite grados de daño con diferentes consecuencias que hasta pueden desembocar en la muerte, al añadir que también es víctima «la persona o animal que muere por culpa de determinada acción o suceso».

Los ejemplos son infinitos, pero reitero desde el principio que la auténtica víctima no es objeto de análisis en estas líneas…

Bulling

Hacerse la víctima

Hecha esta aclaración, es más fácil ir acercándonos a quienes sin serlo, se comportan como víctimas, con los claros ejemplos de la victimización que se observa tanto en algunos personajes de «Rebeca» como de «Eva al desnudo». Y la pregunta no se hace esperar: ¿Por qué sin serlo, algunas personas se harán las víctimas? ¡He aquí la cuestión! ¿Y cómo distinguirlas de una víctima de verdad? ¡Segunda cuestión!

La RAE ya nos proporciona alguna pista, al indicar que la expresión «hacerse la víctima» significa “quejarse excesivamente buscando la compasión de los demás”. ¡Guau! ¡Primero quejarse excesivamente, es decir: dramatizar… Y, después, ¡buscar la compasión de los demás! ¿Pero por qué alguien dramatiza y busca la compasión de los demás? ¡Aquí está la clave, sin duda!

Para adentrarnos en este maremágnum, quizás debamos entender que VIVIR (de verdad, intensamente y a lo «Confieso que he vivido» como Neruda), significa experimentar muchos polos opuestos, luces y sombras, varias cartas de la baraja y, por tanto, muchas situaciones diversas. La vida es un laboratorio fascinante y, en este sentido, es necesario partir de un análisis tan honesto como lo es el hecho de reconocer que, por el simple hecho de estar vivos, todos hemos podido ser verdugos y víctimas a lo largo de la vida, ya que en algún momento de la existencia es fácil que hayamos herido a otros, igual que a todos nos han herido y hecho daño alguna vez.

Sin embargo, la primera pista para distinguir a una víctima que lo es de otra que se lo hace, es que esta última jamás reconocerá haber hecho nada mal y jamás admitirá haber herido a otros con sus acciones u omisiones porque siempre, y por sistema, los otros son los malos del mundo. Para la falsa víctima», los malos pueden ser hijos, pareja, hermanos, padres, vecinos, amigos y hasta el mismísimo sursum corda….

Y es que una falsa víctima, antes de reconocer al otro, hará lo que sea necesario para evitarlo (y todo puede llegar a ser todo) porque de entre las primeras cosas que caracterizarán a quienes no son pero se hacen las víctimas, es volcar todo cuanto ocurre en los demás. En definitiva, una falsa víctima necesita siempre de los otros porque el teatro que monta para llamar la atención y desarrollar su dramatismo, sin público no existiría jamás…

¿Y cómo consiguen un trasiego semejante? ¡Teatralizándolo todo hasta buscar la compasión a la que se refería la RAE! La compasión es sumamente importante porque, con ella, la falsa víctima obtiene el salvoconducto necesario que resulta políticamente correcto o socialmente aceptable, para no tener que guardar las formas, no tener que trabajar interiormente, no tener que reconocer sus errores, no tener que reconocer al otro y, de paso, generar el consuelo en forma de unas cuantas palmadas por el lomo, conseguir el aplauso y el cuidado del entorno, eliminar a la persona molesta que la falsa víctima muestra como dañina y, al final, manipular y llamar la atención de continuo para alimentar a un ego bulímico que necesita continuamente maná.

Tipos de falsas víctimas

Hay muchos matices, pero a groso modo existen dos tipos de falsas víctimas que debemos conocer, antes de poder desarrollar su esencia en un papel en blanco:

1) Primero a quienes un día fueron de verdad heridos pero nunca han sabido o querido trascender aquel daño y se han quedado a vivir para siempre en un ombligo de autocompasión y un eterno «pobre de mí». Antes de juzgar a nadie, debemos hacer el importante matiz de que todos hemos sido víctimas en mayor o menor grado mientras no hemos tenido consciencia de serlo. En segundo lugar y cuando por fin se han abierto los ojos, la eliminación del rol no ocurre de la noche a la mañana, ya que abandonar definitivamente las secuelas de cualquier daño sufrido, siempre lleva un tiempo…

Pero al tipo de persona a la que me refiero ahora, las secuelas «se le colaron» para siempre en su interior, quizás porque han sido incapaces de verse y reconocerse con el egocentrismo de la víctima o quizás porque les resulta «más rentable» quedarse a vivir en ese ombliguismo perpetuo con el que siempre llaman la atención y obtienen lo que desean, antes que intentar ver aspectos de su personalidad, ¡y por fin crecer!

Ni que decir tiene que estas personas son muy peligrosas porque viven día a día alimentando el daño que le hicieron para poder mantener su rol, hecho que denota irremediablemente algo escalofriante: si no trascienden el daño y hasta lo alimentan para mantener su rol a salvo, el resentimiento es su principal life motiv. Además, estas personas anulan a su entorno y callan y hasta subyugan a los demás, siempre restregando la pamplina de «como a ti no te pasó», «tú no sabes de qué hablas», «tú no has vivido lo que yo viví», y etc…

2) Sin embargo, las falsas víctimas más espeluznantes son aquellas personas que ni siquiera sufrieron un daño hace tiempo o lo acaban de sufrir, pero necesitan absorber y representar el dolor de otros como propio, para hacerse notar y obtener protagonismo erigiéndose portadores de todos los daños del mundo y conseguir sus objetivos, de entre el que muchas veces destaca, especialmente, el de llamar la atención. Son estas unas personas perennemente infantilizadas que lloran, patelean y tienen grandes berrinches, igual que muchas veces un niño consigue lo que quiere cuando en público monta una rabieta insoportable…

Tanto en uno como en otro caso, debemos cambiar el verbo ser por el verbo hacerse (y en reflexivo), logrando que este hecho ya nos dé una idea de que haciendo y no siendo, descartemos lo auténtico o lo que de verdad es (ser víctima), para hacer la apariencia con una careta o disfraz: hacer-se la víctima.

Las falsas víctimas son personajes literarios fascinantes

En una novela, las falsas víctimas siempre son personajes fascinantes porque sus rincones más oscuros a veces no son conocidos ni por ellas mismas. Además, son rincones muy difíciles de desgranar. ¿Y por qué? Pues porque en el mundo de las falsas víctimas nada es nunca lo que parece… Y repito: en el mundo de las falsas víctimas nada es nunca lo que parece… El dato, una vez más, literariamente es fascinante porque la realidad se mostrará con una apariencia opuesta a lo que de verdad esconde la esencia.

Y así y como en los casos de mobbing y bulling, aquí tampoco es fácil reconocer a la verdadera víctima porque la persona que agrede tanto por acción como por omisión, lo hace por debajo, sin dejar huellas de su asesinato de guante blanco y poniendo en un disparadero de daño psicológico a quien nunca parece ser la víctima de verdad.

Para entenderlo, solo hay que pensar en la inocente Señora Winter, de la novela y después exitosa película de Hitchcock, «Rebeca», y cómo aquella ama de llaves diligente, resolutiva, controladora, hipervigilante y tremendamente resentida, hace la vida imposible y hasta pone en un disparadero cercano al suicidio a la joven esposa recién llegada.

Por si fuera poco, la víctima auténtica que nunca parece que lo es, jamás podrá explicar, defenderse, exponer, entablar conversación y aclarar los males que sufre porque todo se desenvuelve en el terreno de lo sibilino, de la manipulación y de la ausencia de pruebas y testigos o, si acaso, frente a testigos mudos que por interés o miedo, terminan convirtiéndose en colaboradores necesarios del atropello.

En este sentido, no es difícil hacer hincapié en cómo de entre los diferentes estereotipos de este entramado que es la vida, siempre hay personas que tienen la tendencia y la habilidad de victimizarse de todo cuanto ocurre y les ocurre… ¡Atención!, porque nos encontramos ante ¡los grandes y peligrosos sufridores del mundo!

Pensemos, por ejemplo, en «Eva al desnudo» y como con su eterna dulzura, resolución, servilismo y «pobre de mí», Eva logró logró la confianza y compasión del entorno, para después, y cuando todo el mundo estuviera distraído en esa red empalagosa que antes había esparcido por doquier, ¡zas!, derribar de un plumazo a Margo, la persona que la introdujo en su mundo y nunca dejó de ayudarla, simplemente para ocupar su lugar…

Eva se encargó de desplegar encantos que embaucaron a todos: una diligencia extrema, fantástico buen hacer, resolución impecable, ofrecimiento de sus servicios para hacer favores por doquier y, en definitiva y con esta enorme diligencia, labrarse una reputación que, para siempre, le servirá para tener su salvoconducto «de confianza» y poder camuflar, también para siempre, sus verdaderas intenciones.

Y el asunto puede llegar mucho más lejos, sobre todo cuando quien causa el daño a otro no solo se muestra como víctima, sino que públicamente tiene el cinismo de reconocer amar y compadecer a la persona que sufre, pese a que haya sido precisamente ella la que ha creado este sin dios. De hecho, solo hay que observar cómo «La pobre Eva», se solidarizó públicamente con los males de Margo, pero sin admitir que había sido precisamente ella quien había hecho todo tipo de acciones por debajo: hablar con la prensa, desterrar la imagen de Margo, intentar robarle a la pareja, hacerse con sus amigos y entorno para dejarla aislada para siempre, hablar sibilinamente mal de ella dejando caer que se había vuelto loca y, como colofón, arrebatarle, por descontado por debajo o por detrás, el trabajo, sus sueños y su vida…

Escalofriante es la única palabra que se me ocurre para definir estas situaciones…

La importancia de los otros para una falsa víctima o sin escenario no hay nada

Definitivamente, una buena víctima falsa tiene una serie de ingredientes dignos de tenerse en cuenta. En primer lugar, un «bienquedismo» patológico muy arraigado porque más allá del teatro que montan sin rubor, jamás irá de frente para reconocer un error propio, una debilidad o un defecto… Las falsas víctimas nunca son responsables de nada porque así evitan reconocer sus talones de Aquiles o los aciertos de los demás…

Suelen aderezar el victimismo con su queja y lágrima fácil y darán con habilidad y manipulación la vuelta a cualquier situación, con tal de terminar mostrando lo buenos que son, lo bien que han obrado (son adictos al halago y la falsa modestia) y cuánto sufren las consecuencias generadas por otros: ¡siempre por otros! Los otros son la clave de la vida de una falsa víctima eterna y en casos tan extremos como en de Eva, se da la escalofriante paradoja de que esos otros, a veces los han ayudado desde siempre, los han escuchado a cualquier hora y les han dado cuanto tenían.

Pero en estos caos más extremos, una víctima dañina y falsa no tendrá ningún reparo en despojar a quien le ayudó siempre de los bienes que considera más preciados y secretamente envidió, también desde siempre… Son por cierto, los mismos «otros» que primero sufrirán sus tejemanejes y quienes después la misma víctima impostada no dudará en tachar con habilidad de locos, enfermos o déspotas, frente a los demás.

Casi todo vale porque un buen rol de víctima es, precisamente, eso: en el mejor de los casos no ver más allá de su enorme ego y, en el peor, de su maquiavélica psicopatía, dando lugar a que en su horrible sufrimiento, siempre «el otro» sea el culpable porque «el otro» es el que daña, siempre «el otro» es el el malo y el responsable de todo cuanto les ocurre…

Para entenderlo mejor, basta con observar que una víctima, a lo largo de su vida «jamás hace nada» ni es responsable de nada: casualmente, siempre es el mundo entero «el que daña». ¿Y por qué? Porque una víctima es incapaz de reconocer nada debido a su bienquedismo patológico, necesario para sostener los débiles cimientos de una existencia sin autoestima: ¡y ahí la gran clave!.

Pero, ¡cuidado!, porque hay más elementos…

Es fácil ver que las falsas víctimas se comportarán así en todos los ámbitos (y este es un dato muy interesante y digno de analizar): siempre son las personas inocentes que sufren las malas acciones de la nefasta pareja que les ha tocado en suerte, de unas circunstancias terribles que solo les afectaron a ellas, de los hijos desconsiderados que también les hablan y siempre tratan mal, de los insensibles amigos que les hacen daño y de los malvados hermanos y familiares que siempre les hacen llorar…

De la maquiavélica manipulación a la rabieta infantil

Hay muchos grados y formas, pero como excelentes manipuladoras, las falsas víctimas pueden ser tan sutiles y dulces como la falsa Eva, en Eva al desnudo, o como el niño y la niña histriónica que patalea y monta rabietas y ataques de histeria hasta conseguir así sus juguetes…

En este sentido, no deja de resultar curioso observar a personas muy adultas que aun parecen estar buscando la eterna aprobación de un papá y una mamá. Lo digo porque muchas veces patalean, lloran, tienen ataques de histeria y hacen lo que tengan que hacer sin ningún tipo de rubor, con tal de no dar su brazo a torcer, reconocer su responsabilidad y errores, reconocer el dolor del otro y, en definitiva, afrontar su responsabilidad personal en la vida sin volcar todo en los demás.

No sé si son conscientes o no, pero casi ante cualquier cosa que les ocurre montan este u otro tipo de teatros: a veces acompañados de escenarios tan elaborados como el de «Eva al desnudo», y en otras ocasiones con menos elaboración pero siempre con grandes llamadas de atención que les ayuda a conseguir aprobación, razón, afinidades, adhesiones u objetivos.

Por último, no es extraño que la misma persona reúna ambas vertientes: llore y monte un gran teatro para desarrollar su drama de cara a la galería, al tiempo que manipule, oculte y tergiverse cuanto existe a su alrededor…

Como ejemplo, destacan los ataques de un llanto tan escandaloso que, su entorno, impactado por el dolor y sin apenas poder pensar ni reflexionar, cae fácilmente en la trampa de su «pobre de mí», compadeciendo a la falsa víctima, empatizando y dándole la razón como sea, quedando así atrapado en esas redes de escarnio y culpabilización «al otro» (quien, de otro lado, no hace más que sufrir en silencio y sin llorar ni montar el show), desamparando así a la verdadera víctima de la situación para adhiriéndose a quien emana lágrimas de cocodrilo.

Otro dato curioso es que, a veces directa y otras sibilinamente, estas personas, las de las rabietas, suelen retransmitir su vida y su intimidad a terceros (y de paso la de aquellos con quienes tengan lazos) con la misma incontinencia de quien retransmite un partido de fútbol: en tiempo real y con todo tipo de detalles, énfasis y aspavientos. Por el contrario y una vez más, «los otros» callan y guardan la intimidad como el tesoro que realmente es.

Pero a la falsa víctima solo le importa el show y con una falta de amor y empatía casi escandalosa, no miden si aquellos a quienes tienen la necesidad de volcarles sus males y quejas para conseguir su aprobación a cualquier precio, están enfermos, son vulnerables por alguna razón, están ocupados, cansados, trabajando o no es el momento de que aguanten sus pamplinas: las falsas víctimas solo piensan en su propio escenario para evadirse, culpando a los demás de todo y siempre salir del paso como sea.

Por el contrario, las verdaderas víctimas de la víctima falsa, además de callar para preservar la intimidad, por amor y consideración hacia las personas vulnerables o con problemas, jamás les volcarán el dolor, la preocupación o el daño que están sufriendo, logrando así que su falsa entereza y su silencio por consideración, pueda ser interpretada frente al histrionismo de la teatrera víctima, como despotismo, frialdad y hasta maldad de haber causado el daño. Sin embargo, lo que tristemente esconde el fondo de la situación es que, muy en contra de lo que afirman, estas personas no tienen interés en arreglar nada en privado porque eso supondría escuchar una voz distinta de la suya, además de mirar dentro, escuchar a otros, reconocer errores propios y/o ajenos y trabajar aspectos cómodos e incómodos de la personalidad sin la golosina de tener público.

Dejar los asuntos en la intimidad les hace perder protagonismo

Lo irónico es que con una conversación íntima se podrían haber solucionado todos los malentendidos y problemas, pero la víctima falsa, aunque fingirá querer hablar y solucionarlo todo de cara a la galería, no hará nada de esto porque sin escenario no consigue su propósito.

Y es que dejar sus asuntos en los márgenes de la intimidad les supondría perder protagonismo y al perder el protagonismo se sienten insignificantes, desvalidos y solos, ignorando que precisamente la plenitud llega desde el interior y no con el jaleo y la aprobación de los demás… Por tanto y aunque se le ruegue una y otra vez, es difícil que una persona que se victimiza se avenga a mantener una conversación privada en la que nunca tendrían protagonismo que buscan siempre. Sin embargo, mucho más difícil es que se avengan a tener una conversación realmente honesta, ya que podrían quedar expuestos los errores que su bienquedismo no le permite aceptar.

Y, además de por la pérdida de protagonismo, todo se desenvuelve de este modo por varias cuestiones: Primero porque su cobardía les impide enfrentar su propia vida, hecho que da lugar a que sean expertos en navegar «por debajo» para terminar cargando su marrón a todos. Segundo porque al carecer de autoestima son, irremediablemente, egocéntricos que necesitan arrastrar a todo el mundo a su ombligo quejumbroso, con su eterno «pobre de mí». Así es como mantienen la atención continuamente. Así es como su niño-a interior que no quiere madurar, sigue obteniendo juguetes, halagos y atención. Y así es como utilizan -y no sé si sabiéndolo o no- a las personas como si fueran cromos de un álbum que coleccionan hasta completar, aunque sea a costa de dejar por el camino personas que como en el caso de Margo a Eva, hicieron todo por ellas.

¡Cuidado! ¡Las falsas víctimas son muy dañinas!

No es difícil deducir que las víctimas son muy dañinas porque dañinas son todas las personas que no se permiten reconocer sus errores ni pedir perdón reconociendo el daño causado a otros. Pero además son dañinas porque su cobardía vital les lleva a incitar a todo el mundo a que se posicione a su favor a cualquier precio y a que, de paso, le solucione sus problemas.

Y así, a las personas que casi irremediablemente caen en esta red, batallar por los problemas que no son suyos le puede suponer una cadena de despropósitos, aunque para abrir los ojos y descubrirlo para no volverlo a repetir, quizás sea necesario caer varias veces en las redes de las manipuladoras Rebeca y Eva…

Es importante cuidarse de una persona inmadura que nunca ha querido abandonar su rol de víctima y pensar que -conscientemente o no- podemos estar siendo utilizados-as por ella. Si así fuera, también podremos estar haciendo auténtico daño a personas inocentes que son el blanco de sus artimañas. Entre otras cosas porque victimizándose al precio que sea y caiga quien caiga, con miles de tejemanejes sibilinos o con histriónicas pataletas y llantinas es como siempre desvían la atención para conseguir sus objetivos…

Sin lugar a dudas, el personaje de la falsa víctima perpetua es fascinante en una novela porque, como dije casi al principio, aparenta dulzura o resignación ante el daño que le cae de otros, pero siempre se trata de una tapadera que camufla el maquiavelismo más o menos sutil que esconde.

Todo es cuestión de grados y en los más extremos y sin ningún tipo de ética ni reparos pero llorando, gritando o mostrando dulcemente su eterno «pobre de mí», el insaciable ego de una víctima jamás dudará en deshacer grupos y familias, machacar la mano de quien le dio de comer, hundir al amigo o al hermano que siempre le ayudó y sostuvo en momentos difíciles, cargarse la reputación del otro y llamar la atención de todos a cualquier precio, hasta lograr hacerse con todo el escenario como en el caso «Eva al desnudo».

Y la paradoja que se puso de manifiesto desde el principio, ahora se hace más que patente: mientras tanto, la auténtica víctima no parece que lo es porque como la Señora Winter, calla sin implicar ni extorsionar a los demás pese a estar siendo agredida por Rebeca de mil maneras: con indiferencia cruel, vaivenes, acciones, comentarios y críticas y hasta límites que pueden llevarla a rozar el peor de los extremos.

Y este dato, como en los casos de mobbing y el terrible bulling, es más que interesante: cuando la verdadera persona agredida traspasa los límites de lo soportable y termina suicidándose, quien de verdad la agredió camuflada tras el disfraz de víctima no dudará en afirmar con mayor o menor sutileza: «¡Os lo dije! ¿Veis como estaba enfermo-a o coco-a?»

Y es así como sin querer, los que se dejan llevar por esta apariencia falsa, también terminan siendo verdugos al igual que en los casos de mobing y bulling.

Como conclusión, solo me queda decir ¡cuidado! Porque conscientes o no, las falsas víctimas arrasan con todo, aunque no les interese enfrentar, trabajar, hablar, exponer, razonar, reconocer y darse cuenta de nada…

Rosa Peñasco: Maga de palabras

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